sábado, 18 de julio de 2015

Atasco en Oviedo

 

Vetusta Blues. –

Atasco en Oviedo”


Ella se ríe cuando califico a Oviedo como la jungla, incluso cuando la denomino “ciudad”. Ella vive desde hace muchos años en una urbe europea de más de diez millones de habitantes, con cines a todas horas –eso, entre otras cosas, quizás sea lo que la retenga ahí- y no entiende estos agobios de quien ha decidido nacer, vivir y morir en el mismo lugar, que le resultan algo grotescos. Es Oviedo una ciudad que transmite esa tranquilidad sobria que encanta a un neoyorquino tipo Woody Allen tanto como a esa parisina que ya es Ella. Algo tendrá esta ciudad que atrae a tan diversa y selecta gente. Quizás sea ese Campo de San Francisco amenazado siempre por los mercaderes del gastro-no-se-qué (a mí esas definiciones tan guays me traen el recuerdo de grandes dolores de estómago y fiebres), quizás sea esa quietud –algo inquietante- que se cierne en cada verano donde desaparecen los habituales para dar paso a oleadas de turistas.

Y en esto, el atasco. Encontrar un acontecimiento de estas características en Oviedo es algo muy poco común. Vale que, como bien me resaltó Ella, desentrañar el laberinto de las paradas de bus sea una tarea tan ardua que a alguien que ha recorrido el mundo le resulte indescifrable, pero contemplar una larga fila de coches parados desde el comienzo de la calle Independencia y hasta bien sobrepasada la calle Covadonga, casi a la altura de la plaza del Carbayón resulta todo un acontecimiento en la ciudad.

El atasco del pasado jueves era de proporciones dignas de grandes y millonarias urbes. Y en medio de un tranquilo verano de calores. Aunque no son las temperaturas las que marcan el rumbo de nuestro día a día. Había muchas más turbulencias dentro de mi corazón. El sonido de las bocinas no podía acallar todo lo que sonaba en mis oídos, todo lo que me estaba pasando, todo lo que está sucediendo a mi alrededor en estas últimas semanas. La última ola de calor me condujo de la televisión a la literatura, hace más de diez años; esta nueva no sé dónde me puede llevar, pero es uno de esos terremotos enormes y que sólo resuenan en mis entrañas… 

Un imbécil aparcó su coche en la esquina de la calle Alonso Quintanilla con Covadonga a la altura del coqueto hotel del mismo nombre que la Santina, impidiendo que el autobús pudiera girar desde Foncalada y consiguió obrar el milagro de un atasco en esta ciudad que consigue que la tranquilidad sea uno de sus valores. Nunca hay que desdeñar la posibilidad de un giro de azar, de una sorpresa, de un guiño inesperado del destino. Para los que creían que todo estaba atado y bien atado, un atasco así debería transmitirles una sensación –incómoda- de que la impunidad en esta ciudad -por muchos voceros y paniaguados que sigan haciendo su sordo trabajo- parece que se va a terminar.

MANOLO D. ABAD
Publicado en el diario "El Comercio" el sábado 18 de julio de 2015